lunes, 21 de marzo de 2022

Oración a San Benito para obtener Gracias espirituales y corporales

 

Tu Pasión y Muerte nos ha liberado de la esclavitud del demonio y, mediante los prodigios de la Cruz, has glorificado a tu sirviente Benito otorgándole un poder ilimitado sobre las potestades infernales, concédenos, te suplicamos, mediante la intercesión de este santo, la victoria en la lucha asidua que sostenemos, no sólo contra el demonio, nuestro principal enemigo, sino también contra las doctrinas perversas y los malos ejemplos de la vida licenciosa, especialmente del hablar obsceno y del vestir inmodesto, con los cuáles los hombres de mala voluntad buscan perjudicar nuestras almas y nuestros cuerpos.
San Benito, especial protector nuestro, intercede por nosotros y ruega a Jesús nos conceda las gracias especiales necesarias para nuestra alma y nuestro cuerpo.
(Pide las Gracias que deseas obtener)

- Reza un Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.





Impresionantes milagros de San Benito de Nursia que fortalecerán tu fe

 por Editor de ChurchPOP -

San Benito

San Benito de Nursia es el autor de la famosa regla de San Benito y de la famosa medalla de protección.

Una de las primeras biografías de su vida fue escrita por el Papa San Gregorio Magno y en ella se incluyen muchas historias de milagros increíbles realizados por el monje.

Estos son los 7 milagros de san Benito de Nursia:

1. Rompió un vaso lleno de veneno al bendecirlo con la Señal de la Cruz

El abad de un monasterio cercano murió y los monjes de ese convento pidieron a San Benito asumir el puesto y convertirse en su nuevo abad.

San Benito era más estricto que el abad anterior y en poco tiempo los monjes llegaron a odiarlo. Por lo que decidieron matarlo y pusieron un poco de veneno en su copa de vino.

Pero cuando él hizo la señal de la cruz para bendecir el vino, la copa se rompió de repente como si una roca hubiera sido lanzada contra ella.

2. Salvó a un hombre de ahogarse al convertirse brevemente en otra persona

Un monje llamado Plácido estaba tomando agua del lago, accidentalmente cayó al agua y fue arrastrado rápidamente por la corriente.

A pesar de que Benito se encontraba a una buena distancia del lago, milagrosamente supo lo que había sucedido y de inmediato ordenó a otro monje llamado Maurus correr hacia el lago para salvar a Plácido.

Cuando Maurus llegó al lago – sin pensarlo- corrió sobre la superficie del agua, agarró a Plácido por el pelo y lo arrastró hasta la orilla.

Y aquí es donde las cosas se ponen todavía más extrañas. Hablando sobre el evento más tarde ese mismo día, Maurus insistió en que difícilmente había estado consciente de caminar sobre el agua mientras lo hizo.

¿Y Plácido? Él afirmó que la persona que lo había sacado del agua en el medio del lago no llevaba puesta la ropa de Maurus, sino la de san Benito.

3. Leía la mente de sus monjes

Algunos de sus monjes fueron enviados a entregar un mensaje a otra ciudad. Durante el tiempo del viaje, Benito les ordenó ayunar, como era su costumbre.

Pero el viaje duró un poco más de lo que esperaban y alguien les invitó a su casa para una buena comida y ellos aceptaron.

Cuando regresaron, él inmediatamente les preguntó dónde habían estado comiendo.

Cuando le respondieron que no habían comido en ningún lugar, san Benito les dijo donde habían comido, lo que habían comido y cuantas bebidas habían tomado.

4. Resucitó a un niño

Durante un proyecto de construcción en la abadía, el mismo satanás vino a San Benito y le dijo que planeaba atacar a los monjes que trabajan en el proyecto.

Benito inmediatamente, envió un mensaje de advertencia a los trabajadores. Tan pronto como llegó el mensaje, una pared parcialmente terminada se colapsó sobre un niño pequeño que estaba ayudando con el trabajo, causándole la muerte.

Golpeados por la pena, los monjes trajeron el cuerpo muerto y mutilado a Benito, quien puso el cadáver del pequeño en una mesa, sacó a todos de la habitación y comenzó a orar.

Milagrosamente, el niño volvió a la vida y su cuerpo fue sanado de todas las lesiones.

5. Movió una enorme piedra con su oración

Algunos monjes estaban ocupados construyendo nuevas celdas en la abadía y se encontraron con una enorme piedra que bloqueaba el camino de la construcción. Incluso trabajando todos juntos, no fueron capaces de mover la piedra.

Llamaron a san Benito, y él dijo una oración y ellos fueron capaces de mover con facilidad la piedra.

6. Exorcizó a un demonio obstinado

Un hombre de un pueblo cercano estaba poseído por un demonio y su obispo local no pudo exorcizarlo.

Finalmente, el obispo llamó a Benito, quien invocó a Nuestro Señor Jesucristo en oración e inmediatamente liberó al hombre del demonio.

Benito le dejó al hombre dos reglas a seguir para evitar otro ataque demoníaco:

1. Abstenerse de comer carne el resto de su vida

2. No tratar de entrar en el sacerdocio

7. No se inmutó por el engaño del diablo

Durante una construcción, Benito pidió que los monjes cavaran un agujero profundo en un determinado lugar. Los monjes encontraron un viejo ídolo de bronce.

Por alguna razón, uno de los monjes puso el ídolo en la cocina; no con la intención de adorarlo, sino sólo como un lugar para ponerlo.

De repente, un incendio masivo se desató en la cocina. Preocupados de que el fuego pudiera engullir toda la construcción, los monjes llamaron a san Benito, quien dijo que no veía ningún fuego.

Cuando los monjes insistieron que la cocina estaba en llamas, Benito se dio cuenta de que las llamas eran un truco del diablo para asustarlos– un truco que era totalmente ineficaz en él.

Él oró para que los monjes fueran liberados del engaño y rápidamente lo fueron.

¡San Benito, ruega por nosotros!


Oración a San Benito para pedir su protección contra males y peligros

 


Querido San Benito, Doy gracias a Dios por colmarte con Su gracia para amarlo por encima de todo y establecer una regla monástica que ha ayudado a tantos de tus hijos a vivir vidas plenas y santas.

A través de la cruz de Jesucristo, te pido que por favor intercedas para que Dios me proteja a mí, a mis seres queridos, a mi hogar, propiedad, posesiones y lugar de trabajo, Hoy y siempre por tu santa bendición, para que nunca seamos separados de Jesús, María, ni de la compañía de todos los bienaventurados. Que por tu intercesión seamos librados de la tentación, la opresión espiritual, los males físicos y las enfermedades. Protégenos del abuso de drogas y alcohol, la impureza y la inmoralidad, malas compañías y actitudes negativas. En el nombre de Jesús. Amén. 




San Benito Abad


EL AÑO LITÚRGICO – Dom Prospero Gueranger, Abad de Solesmes

21 de Marzo San Benito

Apenas habían transcurrido cuarenta días desde que Santa Escolástica se elevó a los cielos, cuando San Benito, su hermano, se elevó a su vez, por un camino luminoso, hacia la morada que debía reunirlos a los dos para siempre. La partida de uno y de otro para la mansión celestial, acaeció en este período que coincide casi todos los años con el tiempo de Cuaresma. Pero ocurre también que, a veces, la fiesta de la virgen Escolástica ha sido ya celebrada cuando la santa Cuaresma abre su curso, mientras que la solemnidad de San Benito tiene lugar constantemente en los días consagrados a la penitencia cuaresmal. El Señor, que también lo es del tiempo, ha querido que los fieles, durante sus ejercicios de penitencia, tengan cada año ante los ojos un modelo y un protector.

EL SANTO.— ¡Con qué veneración debemos acercarnos hoy a este hombre, de quien San Gregorio Magno escribió que “estuvo lleno del espíritu de todos los justos!” Si consideramos sus virtudes, veremos que igualan a todo lo que los anales de la Iglesia nos dicen de los demás santos. La caridad de Dios y del prójimo, la humildad, el don de oración, el imperio sobre todas las pasiones, hacen de él una obra maestra de la gracia del Espíritu Santo. Obras milagrosas llenan toda su vida: curación de enfermedades humanas, poder sobre las fuerzas de la naturaleza, imperio sobre los demonios y hasta poder de resucitar a los muertos. El espíritu de profecía le descubre el porvenir y hasta los pensamientos más íntimos no escapan a los ojos de su espíritu. Estos rasgos sobrenaturales se encuentran realzados por dulce majestad, por grave severidad y misericordia caridad, que brillan en cada una de las páginas de su biografía, escrita por uno de sus discípulos, el Papa San Gregorio Magno, quien se encargó de transmitir a la posteridad todo lo que Dios se había dignado realizar en su siervo Benito.

PADRE DE EUROPA. — La posteridad, en efecto, tenía derecho a conocer la historia y las virtudes de un hombre cuya acción sobre la Iglesia y la sociedad han sido tan saludables a través de los siglos. Para conocer la influencia de Benito, sería necesario recorrer los anales de todos los pueblos de Occidente, desde el siglo vix hasta nuestros días. Benito es el padre de Europa; es quien, por medio de sus hijos, numerosos como las estrellas del cielo y las arenas del mar, levantó las ruinas de la sociedad romana, aplastada por los bárbaros; quien presidió al establecimiento del derecho público y privado de las naciones que surgieron después de la conquista; quien llevó el Evangelio y la civilización a Inglaterra y a Alemania, a los países del Norte y hasta los pueblos eslavos; quien enseñó la agricultura y destruyó la esclavitud; quien salvó, en fin, el tesoro de las letras y de las artes del naufragio que iba a devorarlos para siempre y dejar a la raza humana sumida en las tinieblas.

Su REGLA. — Todas estas maravillas las obró San Benito por su Regla. Este código admirable de perfección cristiana y de discreción, disciplinó las legiones de monjes por medio de las cuales el Santo Patriarca, realizó los prodigios que hemos enumerado. Hasta la promulgación de este libro, el elemento monástico, en Occidente, sólo ayudaba a la santificación de algunas almas; pero nada hacía suponer que este librito sería el instrumento principal de la regeneración cristiana y de la civilización de tantos pueblos. Promulgada esta Regla, todas las demás desaparecieron sucesivamente ante ella, como las estrellas se apagan en el cielo cuando el sol comienza a elevarse. Occidente se cubre de Monasterios, desde donde se extienden por Europa entera todos los socorros que hicieron de ella la porción privilegiada del globo.

Su POSTERIDAD. — Un número inmenso de Santos y Santas que reconocen a Benito por Padre depura y santifica la sociedad todavía medio salvaje. Una larga serie de Sumos Pontífices, formados en el claustro benedictino, preside los destinos de este mundo nuevo y crea para él esas instituciones fundadas únicamente en la ley moral y destinadas a neutralizar la fuerza bruta que sin ella hubiera prevalecido. Innumerables Obispos salidos de la escuela de Benito, aplican a las provincias y a las ciudades estas saludables prescripciones. Los apóstoles de veinte naciones bárbaras hacen frente a esas razas feroces e incultas, llevando en una mano el Evangelio y en la otra la Regla de su. padre. Durante largos siglos los sabios, los doctores, los educadores de la infancia pertenecen casi exclusivamente a la familia del gran Patriarca, que por ellos derrama luz clarísima a todas las generaciones. ¡Qué cortejo al rededor de un sólo hombre, formado por este ejército de héroes de todas las virtudes, de Pontífices, de Apóstoles, de Doctores, que se proclaman sus discípulos y que hoy se unen a la Iglesia entera, para glorificar al soberano Señor cuya santidad y poderío se han manifestado con semejante brillo en la vida y en las obras de Benito!

VIDA. — San Benito nació en Nursia hacia el año 480. Joven aún, abandonó el mundo y los estudios y vivió durante algunos años como eremita en Subiaco. La fama de su santidad llevó junto a él numerosos discípulos para los cuales edificó muchos Monasterios. En el de Montecasino, donde vivió sus últimos años, escribió una Regla, muy pronto universalmente adoptada por los monjes de Occidente. Célebre por sus milagros, por el don de profecía y por una admirable sabiduría se durmió en el Señor en 547. Su vida fué escrita por San Gregorio Magno. Desde 703 su cuerpo reposa en la iglesia de Fleury-sur-Loire, en Orleíms.

ELOGIO.— Te saludamos con amor, ¡oh Benito! ¿Qué mortal ha sido escogido para obrar sobre la tierra tantas maravillas como tú? Cristo te ha coronado como uno de sus principales colaboradores en la obra de la salvación y de la santificación de los hombres. ¿Quién podrá contar los millares de almas que te deben la felicidad, bien sea que tu Regla los haya santificado en el claustro o que el celo de tus hijos haya sido para ellas el medio de conocer y servir al Señor que te eligió? A tu alrededor en la morada de la gloria un número inmenso de bienaventurados se reconoce deudor a ti, después de Dios, de la felicidad eterna; sobre la tierra, naciones enteras profesan la verdadera fe por haber sido evangelizadas por tus discípulos.

PLEGARIA POR EUROPA. — ¡Oh Padre de tantos pueblos!, pon los ojos en tu herencia y bendice una vez más a esta Europa ingrata, que te lo debe todo y casi ha olvidado tu nombre. La luz que tus hijos la llevaron, se ha eclipsado; el calor conque vivificaron las sociedades fundadas y civilizadas por la Cruz, se ha enfriado; las espinas han cubierto gran parte del suelo en el que sembraron la semilla de la salvación. Ven en socorro de tu obra y por tus preces sostén la vida que amenaza extinguirse. Consolida lo que está vacilante y una nueva Europa católica surja pronto en lugar de la que la herejía y todos los falsos sectarismos nos han creado.

PLEGARIA POR su ORDEN. — ¡Oh Patriarca de los Servidores de Dios! mira desde lo alto del cielo la viña que tus manos plantaron y cómo ha venido a menos. En otro tiempo tu nombre era hoy bendecido, como el de un padre, en mas de treinta mil monasterios, desde las orillas del Báltico hasta las riberas de Siria, desde la verde Erín hasta las estepas de Polonia; ahora tan sólo se deja oír el raro y débil concierto que sube hasta ti desde el seno de esta inmensa heredad que la fe y el reconocimiento te habían consagrado. El viento ardiente de la herejía ha consumido parte de tus casas, la codicia se ha apoderado del resto y la expoliación no ha cesado durante siglos, apoyada muchas veces en la política y recurriendo otras a la violencia abierta. Has sido desposeído, oh Benito, de numerosos santuarios, que fueron durante tanto tiempo para los pueblos el principal foco de vida y de luz, y la raza de tus hijos casi se ha extinguido. Vela, oh Padre, sobre sus últimos brotes. Según una antigua tradición, el Señor te reveló un día que tu Orden debía perseverar hasta los últimos tiempos, que tus hijos combatirían por la Iglesia y que confirmarían a muchos en las pruebas supremas. Dígnate, con tu brazo poderoso, proteger los últimos restos de esta familia que todavía te invoca como padre. Elévala, multiplícala, santifícala; haz florecer en ella el espíritu depositado en tu santa Regla y muestra con tus obras que eres también ahora el bendecido del Señor’.

PLEGARIA POR LA IGLESIA. — Sostén, oh Benito, la santa Iglesia con tu poderosa intercesión. Asiste a la Sede Apostólica, con tanta frecuencia ocupada por tus hijos. Padre de tantos pastores de pueblos, alcánzanos Obispos semejantes a los que ha formado tu Regla. Padre de tantos Apóstoles, demanda para los países infieles heraldos evangélicos que triunfen por la sangre y la palabra como todos los que salieron de tus claustros. Padre de tantos doctores, ruega a fin de que la ciencia de las sagradas letras renazca como una ayuda para la Iglesia y como confusión del error. Padre de tantos ascetas, activa el celo de la perfección cristiana que languidece en tantos cristianos modernos. Patriarca de la religión de Occidente, vivifica a todas las Ordenes religiosas que el Espíritu Santo ha dado a la Iglesia; todas te miran con respeto como a padre venerable; derrama sobre toda ella la influencia de tu caridad paternal.

1 Dom Guéranger escribía esto en los difíciles comienzos de la restauración de la Orden en Francia, restauración llevada a cabo por él mismo cuando en su país y en toda Europa las órdenes religiosas habían sido barridas por el vendaval de las revoluciones y el sectarismo de los gobiernos liberales o ateos. Hoy día, afortunadamente, los monjes han visto renovarse los días gloriosos del pasado y .con la confianza puesta en Dios miran seguros el porvenir. N. de los T.

PLEGARIA POR TODOS LOS FIELES. — En fin, oh Benito, amigo de Dios, ruega por los fieles de Cristo, en estos días consagrados a los sentimientos y obras de penitencia. Reanima su valor con tus ejemplos y enseñanzas para que aprendan a dominar la carne y someterla al espíritu; busquen como tú el retiro para meditar los años eternos; alejen su corazón y sus pensamientos de las alegrías fugitivas de este mundo. La piedad católica te invoca como uno de los patronos y modelos del cristiano que está para morir; se recuerda del espectáculo que ofreció tu tránsito, cuando de pie ante el altar, sostenido por los brazos de tus discípulos, a penas tocando la tierra con tus pies, entregaste tu alma a su criador en la sumisión y confianza; obténnos, oh Benito, una muerte tranquila como la tuya. Aparta de nosotros en ese momento supremo, todas las embestidas del enemigo; visítanos con tu presencia y no nos abandones hasta que hayamos depositado nuestra alma en el seno del Dios que te ha coronado.

sábado, 19 de marzo de 2022

Acto de Consagración a San José

 


Oh bendito San José, me consagro a tu honor y me entrego a ti para que seas siempre mi padre, mi protector y mi guía en el camino de la salvación. Consígueme una gran pureza de corazón y un ferviente amor a la vida interior. Que a tu ejemplo haga todas mis acciones para la mayor gloria de Dios, en unión con el Divino Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María. Y tú, oh bendito San José, ruega por mí, para que pueda compartir la paz y la alegría de tu santa muerte. Amén. 




San José, Esposo de la Virgen María y Patrono de la Iglesia Universal

  Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger

PROTECTOR DE LA VIRGINIDAD DE MARÍA. — Una alegría nos llega dentro de Cuaresma: José, el Esposo de María, el Padre adoptivo del Hijo de Dios, viene a consolarnos con su querida presencia.

El Hijo de Dios, al descender a la tierra para tomar la humanidad, necesitaba una Madre; esta Madre no podía ser otra que la más pura de las vírgenes; la maternidad divina no debia alterar en nada su incomparable virginidad. Hasta tanto que el Hijo de María fuera reconocido por Hijo de Dios, el honor de su Madre requería un protector: un hombre, pues, debía ser llamado a la gloria de ser el Esposo de María. Este fué José el más casto de todos los hombres.

PADRE ADOPTIVO DE JESÚS. — Y no sólo consiste su gloria., en haber sido escogido para proteger a la Madre del Verbo encarnado, sino también fué llamado a ejercer una paternidad adoptiva sobre el Hijo de Dios. Los Judíos llamaban a Jesús hijo de José. En el templo, en presencia de los doctores a quienes el divino Niño acababa de llenar de admiración por la sabiduría de sus preguntas y respuestas, dirigía así María la palabra a su Hijo: “Tu Padre y yo doloridos te buscábamos”; y el Santo Evangelio añade que Jesús estaba sujeto tanto a José como a Maria.

GRANDEZA DE SAN JOSÉ. — ¿Quién podrá concebir y expresar dignamente los sentimientos que llenaron el corazón de este hombre, que el Evangelio nos pinta con una sola palabra, llamándole hombre justo? Un afecto conyugal, que tenía por objeto la más santa y la más perfecta de las criaturas de Dios; el anuncio celestial, hecho por el ángel, que le reveló que su esposa lleva en su seno el fruto de salvación, y le asocia, como testigo único en la tierra, a la obra divina de la encarnación; las alegrías de Belén, cuando asistió al nacimiento del Niño, cuando custodió a la Virgen Madre y escucho los cantos angélicos, cuando vió llegar ante el recién nacido a los pastores, y poco después a los Magos; las inquietudes que vienen en seguida a interrumpir tanta dicha, cuando, en medio de la noche, tiene que huir a Egipto con el Niño y la Madre; los rigores de este destierro, la pobreza, desnudez a que fueron expuestos el Dios escondido, cuyo protector era, y la Esposa virginal, cuya dignidad comprendía cada vez mejor; la vuelta a Nazaret, la vida humilde y laboriosa que llevó en aquella aldea, donde tantas veces sus tiernos ojos contemplaron al Creador del mundo, llevando con él un trabajo humilde; y, en fin, las delicias de esta existencia sin igual en la casa que embellecía la presencia de la Reina de los ángeles, y santificaba la majestad del Hijo eterno de Dios; ambos a una dieron a José el honor de presidir aquella familia, que agrupaba con lazos más queridos al Verbo encarnado, Sabiduría del Padre y a la Virgen, incomparable obra maestra del poder y santidad de Dios.

EL PRIMER JOSÉ. — No, nunca hombre alguno, en este mundo podrá penetrar todas las grandezas de José. Para comprenderlas, se necesita abrazar toda la extensión del misterio con el que su misión en la tierra está unido, como un instrumento necesario. No nos extraña, pues, que este Padre nutricio del Hijo de Dios, haya sido figurado en la Antigua Alianza, bajo las facciones de un Patriarca del pueblo escogido. San Bernardo ha expresado magníficamente esta idea: “El primer José, dice, vendido por sus hermanos, y, en esto, figuraba Cristo, fué llevado a Egipto; el segundo, huyendo de la envidia de Herodes, llevó a Cristo a Egipto. El primer José, guardando la fidelidad a su señor, respetó a su ama; el segundo, no menos casto, fué guardián de su Señora, de la Madre de su Señor, y el testigo de su virginidad. Al primero le fué dado el com872 prender los secretos revelados por los sueños; el segundo recibió la confidencia del mismo cielo. El primero conservó las cosechas de trigo, no para él, sino para el pueblo; al segundo se le confirió el cuidado del Pan vivo que descendió del cielo, para él y para el mundo entero.”

MUERTE DE SAN JOSÉ. — Una vida tan llena de maravillas, no podía acabar de otro modo que por una muerte digna de ella. El momento llega cuando Jesús debía salir de la oscuridad de Nazaret y manifestarse al mundo. En adelante sus obras darían testimonio de su origen celestial; el ministerio de José estaba, pues, cumplido. Le había llegado la hora de partir de este mundo, par ir a esperar, en el descanso del seno de Abrahán, el día en que la puerta de los cielos se abriese a los justos. Junto a su lecho de muerte velaba el dueño de la vida; su postrer suspiro fué recibido por la más pura de las vírgenes, su Esposa. En medio de los suyos y asistido por ellos, José se durmió en un sueño de paz. Ahora el Esposo de María, el Padre putativo de Jesús, reina en el cielo con una gloria, inferior, sin duda, a la de María, pero adornada de prerrogativas a las cuales nadie puede ser admitido.

PROTECTOR DE LA IGLESIA. — Desde allí derrama una protección poderosa sobre los que le invocan. Escuchad la palabra inspirada de la Iglesia en la Liturgia: “Oh, José, honor de los habitantes del cielo, esperanza de nuestra vida terrena y sostén de este mundo'”. ¡Qué poder en un hombre! Mas buscad también un hombre que haya tenido tratos tan íntimos con el Hijo de Dios, como José. Jesús se dignó someterse a él en la tierra; en el cielo tiene la dicha de glorificar a aquel del que quiso depender, a quien confió su infancia junto con el honor de su Madre.

Así, pues, no tiene límites el poder de San José; y la santa Iglesia nos invita hoy a recorrer con absoluta confianza a este Protector omnipotente. En medio de las terribles agitaciones de las que el mundo es víctima, invóquenle los fieles con fe y serán socorridos. En todas las necesidades del alma y del cuerpo, en todas las pruebas y en todas las crisis, tanto en el orden temporal como en el espiritual, que el cristiano puede encontrar en el camino, tiene una ayuda en San José, y su confianza no será defraudada. El rey de Egipto decía a sus pueblos hambrientos: “Id a José”; el Rey del cíelo nos hace la misma invitación; y el fiel custodio de María tiene ante El mayores créditos que el hijo de Jacob, intendente de los graneros de Menfis, tuvo ante el Faraón. La revelación de este nuevo refugio, preparado para estos últimos tiempos, fué comunicado hace tiempo según el modo ordinario de proceder de Dios, a las almas privilegiadas a las cuales era confiada como germen precioso; como sucedió con la fiesta del Santísimo Sacramento, con la del Sagrado Corazón y con otras varias. En el siglo xvi, Santa Teresa de Jesús, cuyos escritos estaban llamados a extenderse por el mundo entero, recibió en un grado extraordinario las comunicaciones divinas a este respecto y dejó impresos sus sentimientos y sus deseos en su Autobiografía.

SANTA TERESA Y SAN JOSÉ. — He aquí cómo se expresa Santa Teresa: “Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa, que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dió el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fué sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre siendo ayo le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras muchas personas, a quien yo decía se encomendasen a él, también por experiencia; y aún hay muchas personas que le son devotas de nuevo experimentando esta verdad'”.

FIESTAS DE SAN JOSÉ. — Pío IX para responder a los numerosos deseos y a la devoción del pueblo cristiano, el 10 de septiembre de 1847, extendió a toda la Iglesia la fiesta del Patrocinio de San José, que estaba concedida a la Orden del Carmen y a algunas iglesias particulares. Más tarde Pío X la elevó a la categoría de las mayores solemnidades dotándola de una octava. Su Santidad, el Papa Pío XII, deseando dar un patrono especial a todos los obreros del mundo, ha instituido una nueva fiesta, que se celebrará el primero de mayo; y por esto ha suprimido la que estaba fijada para el miércoles de la tercera semana después de Pascua, y ha decretado que la fiesta del 19 de marzo honre a la vez a San José como esposo de la Santísima Virgen y como Patrono de la Iglesia universal.

MISA

José, llamado justo por el Espíritu Santo, es, en efecto, por sus virtudes ocultas, el modelo de los que merecen en este mundo tan bello título. Así, pues, la fiesta de este día no impide a la Iglesia tomar una gran parte de la misa del Común de Santos Confesores.

INTROITO

El justo florecerá como la palmera: se multiplicará como el cedro del Líbano: plantado en la casa del Señor, en los atrios de la casa de nuestro Dios. Salmo: Es bueno alabar al Señor: y salmear a tu nombre, oh Altísimo. 7. Gloria al Padre.

El poder del Santísimo Esposo de la Madre de Dios, es uno de los más firmes apoyos de la Iglesia; uniéndonos a ella, pertrechémonos del valor de su intercesión para con el Hijo y la Madre.

COLECTA

Suplicárnoste, Señor, seamos ayudados por los méritos del Esposo de tu santísima Madre: para que, lo que no alcanza nuestra posibilidad, nos sea dado por su intervención. Tú, que vives.

EPISTOLA

Lección del libro de la Sabiduría (Eccli., 45, 1-5).

Fué amado de Dios y de los hombres, y su memoria es bendecida. Le hizo semejante a los Santos en la gloria, y le engrandeció con el temor de los enemigos, y con sus palabras aplacó a los monstruos. Le glorificó ante los reyes, y le mandó delante de su pueblo, y le mostró su gloria. Con su fe y su mansedumbre, le hizo santo, y le eligió de entre toda carne. Le oyó a El, y su voz, y le hizo entrar en la nube. Y le dió claramente sus preceptos, y la ley de la vida y de la ciencia.

DIGNIDAD DE MOISÉS . — Estas líneas están dedicadas, en el libro del Eclesiástico, al elogio de Moisés. Fué escogido para confidente de Dios; en presencia de los reyes trasmitía al pueblo las órdenes del cielo; su gloria igualó a la de los más ilustres patriarcas y santos personajes de la era de la esperanza. “Si uno de vosotros profetiza, decía el Señor, yo me revelaría a él en visión y le hablaría a él en sueños. No así a mi siervo Moisés, que es en toda mi casa el hombre de confianza. Cara a cara hablo con él y a las claras, no por figuras; y él contempla el semblante de Yavé.”

DIGNIDAD DE SAN JOSÉ. — No menos amado de Dios y no menos bendito de su pueblo, José, no es solamente el amigo de Dios; el intermediario del cielo y una nación privilegiada. El Padre soberano le comunica los derechos de su paternidad sobre su Hijo; a este Hijo, cabeza de los elegidos, y no sólo al pueblo de las figuras, es a quien trasmite las órdenes de lo alto. La autoridad que ejerce de este modo, sólo es comparada con su amor; y no es como de pasada o a hurtadillas como mira al Señor; el Hijo de Dios le llama su Padre y se porta con él como un verdadero hijo; reconoce por su obediencia y afecto, los tesoros de abnegación que encuentra en este corazón fiel y manso. ¡Qué gloria en el cielo, qué poder sobre todas las cosas, correspondiendo a su poder y santidad en este mundo, no son ahora el patrimonio de aquel que, mejor que Moisés, penetró los secretos de la nube misteriosa y conoció todos los bienes!’.

El Gradual y el Tracto, siguen, como eco de la Epístola, para cantar los privilegios del hombre que, como nadie, ha justificado este verso del salmo: La gloria y las riquezas están en su casa y su justicia permanece por los siglos de los siglos.

GRADUAL

Señor, le previniste con bendiciones de dulzura: pusiste en s’u cabeza una corona de piedras preciosas, y. Te pidió vida, y tú le diste largura de días por siglos de siglos.

TRACTO

Bienaventurado el varón que teme al Señor: en sus mandamientos se deleitará sobremanera. V. Poderosa será en la tierra su semilla: la generación de los rectos será bendecida. 7. Gloria y riquezas habrá en su casa: y su justicia permanecerá por siglos de siglos.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Mateo (Mt„ 1, 18-21).

Estando desposada con José, María, la Madre de Jesús, antes de que se juntasen, se halló haber concebido del Espíritu Santo. Mas José, su marido, como fuese justo y no quisiera difamarla, pensó abandonarla secretamente. Y, pensando él en esto, he aquí que se le apareció en sueños el Angel del Señor, diciéndole: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu mujer, porque, lo que ha nacido en ella, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un Hijo, y le llamarás Jesús, pues El ha de salvar a su pueblo de sus pecados.

LA PRUEBA DE SAN JOSÉ. — Dios sometió al Esposo de María a una prueba durísima. José, tal es la experiencia de las almas más santas había de ser para sus devotos una guía incomparable en la vía espiritual; y esta es la razón por la que él debía conocer también la aflicción, crisol necesario, donde toda santidad se purifica. Mas la Sabiduría no abandona nunca a aquellos que buscan sus veredas. Como lo canta la Iglesia en este mismo día, ella conducía al justo por las vías rectas, sin la cual, él no tiene conocimiento, y le mostraba su divina luz en esta noche donde sus pensamientos buscaban penosamente descubrir el camino de la justicia; le fué dado el conocimiento de los secretos celestiales; en recompensa del sufrimiento del corazón, veía el lugar que le reservaba el inscrustable plan de la Divina Providencia, en este reino de Dios, cuyos resplandores estaban llamados a iluminar por siempre, desde su pobre morada, al mundo entero. Verdaderamente, pues, podía reconocer que la Sabiduría, en efecto, había ennoblecido su trabajo y fecundado sus penas. Siempre del mismo a modo da a los justos el premio de sus trabajos y les conduce por vías admirables.

Cantamos en el Ofertorio esta efusión de grandezas divinas, que elevan al humilde artesano de Nazaret por encima de todos los reyes, sus antepasados.

OFERTORIO

Mi verdad y mi misericordia están con él: y en mi nombre será exaltada su fortaleza.

En la Secreta sepamos con la Iglesia confiar, al bienaventurado custodio del Niño-Dios la protección de los dones de Dios en nuestras almas; él alimentará a Jesús en nosotros y le hará crecer a la estatura de hombre perfecto, como lo hizo hace xx siglos.

SECRETA

Ofrecérnoste, Señor, la deuda de nuestra servidumbre, rogándote humildemente protejas en nosotros tus dones, por los sufragios de San José, Esposo de la Madre de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, en cuya veneranda festividad te inmolamos estas hostias de alabanza. Por el mismo Señor.

La Iglesia reemplaza hoy el Prefacio ordinario de Cuaresma, por una fórmula especial de acción de gracias, donde mezcla a los acentos de su gozo y de su reconocimiento, el recuerdo del santísimo Esposo de la Virgen, Madre de Dios. Este prefacio, que se dice en todas las misas de San José, fué introducido en el Misal romano por el Papa Benedicto XV.

PREFACIO

Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que. siempre y en todas partes, te demos gracias a ti, Señor santo, Padre omnipotente, eterno Dios: Y el que te alabemos, bendigamos y ensalcemos con las debidas alabanzas en la fiesta de San José. El cual, por ser Un varón justo, fué dado por ti como Esposo a la Virgen Madre de Dios: y como un servidor fiel y prudente, fué constituido sobre tu Familia: para que guardara con paternal cuidado a tu Unigénito, nuestro Señw Jesucristo, concebido por obra del Espíritu Santo. Por quien alaban a tu Majestad los Angeles, la adoran las Dominaciones, la temen las Potestades; los cielos, y las Virtudes de los Cielos, y los santos Serafines, la celebran con igual exultación. Con los cuales te pedimos admitas también nuestras voces, diciendo con humilde confesión: Santo…

La Comunión recuerda el mensaje del ángel, cuando anuncia a José que Dios mismo ha tomado posesión de María, su Esposa. Es el Banquete sagrado ¿no asemeja la feliz suerte de la Iglesia a la de la Virgen Madre?

COMUNION

José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa porque lo que ha nacido en ella, del Espíritu Santo es.

La Poscomunión vuelve a expresar la idea que insinuó la Secreta: que Dios se digne poner de nuevo sus dones, y el mismo Jesús que acabamos de recibir, bajo la custodia, tan segura, de José.

POSCOMUNION

Asístenos, oh Dios misericordioso, te lo suplicamos: y, por intercesión del santo Confesor José, conserva propicio en nosotros tus dones. Por el Señor.

PLEGARIA DE ALABANZA A SAN JOSÉ. — Padre y protector de los fieles, glorioso San José: bendecimos a nuestra santa madre la Iglesia que, en el declinar del mundo, nos ha enseñado a esperar en ti. Largos siglos pasaron sin que tus grandezas fuesen manifiestas; pero tú has sido en el cielo uno de los más poderosos intercesores del género humano. Jefe de la sagrada familia, de la cual un Dios era miembro, sigues ejerciendo tu ministerio paternal para con nosotros. Tu acción oculta se hacía sentir en la salvación de los pueblos y de los particulares; mas la tierra experimentaba tu ayuda, sin haber aún instituido, para reconocerla, los homenajes que hoy te ofrece. Un conocimiento mejor entendido de tus grandezas y de tu poder, la proclamación de tu patrocinio, sobre todas nuestras necesidades, estaba reservado a estos desventurados tiempos, cuando el estado del mundo, en situación desesperada, invoca los socorros que no fueron revelados a los tiempos precedentes. Nosotros venimos, pues, a tus plantas, ¡oh José! para rendir homenaje en tí a un poder de intercesión que no conoce límites, a una bondad que abraza todos los hermanos de Jesús en una misma adopción.

Ninguna de nuestras necesidades es ajena a tu conocimiento y a tu poder; los menores hijos de la Iglesia tienen derecho a recurrir a ti de día y de noche, seguros de encontrar en ti la acogida de un padre tierno y complaciente. Nosotros no lo olvidamos, ¡oh José!, te pedimos que nos ayudes en la adquisición de las virtudes, de las que Dios quiere que esté adornada nuestra alma, en los combates que tenemos que tener con nuestro enemigo, en los sacrificios que estamos obligados a hacer con frecuencia. Haznos dignos de ser llamados hijos tuyos, ¡oh tú, Padre de los fieles! Mas tu soberano poder no se ejerce solamente en los intereses de la vida futura; la experiencia de todos los días, muestra cuán poderoso es tu socorro para obtener la protección celestial en las cosas temporales, mientras nuestros deseos no son contrarios a los designios de Dios. Osamos, pues, depositar en tus manos nuestros intereses de este mundo, nuestras esperanzas, nuestros deseos y nuestros temores. Te fué confiado el cuidado de la casa de Nazaret; sé el consejero y ayuda de todos los que abandonan en tus manos sus quehaceres temporales.

Augusto jefe de la sagrada familia: la familia cristiana está bajo tu cuidado especial; vela sobre ella en estos tiempos calamitosos. Responde favorablemente a aquellos y aquellas que se dirigen a ti en esos momentos solemnes, cuando tienen que escoger la ayuda con la que tienen que pasar esta vida y preparar el camino para otra mejor. Mantén entre los esposos la dignidad y el respeto mutuo que son la salvaguardia del honor conyugal; obténles la fecundidad, muestra de celestiales bendiciones. Tus devotos oh José, aborrezcan esos infames cálculos que socaban lo que hay de más santo, atraen la maldición divina sobre las razas y amenazan a la sociedad con una ruina moral y material a la vez. Disipa los prejuicios tan vergonzosos como culpables; haz que vuelva al honor esta santa conciencia, cuya estima deben conservar siempre los esposos cristianos, y a la cual están obligados a rendir homenaje, so pena de ser como paganos, de los que dijo el Apóstol, “que seguían sus apetitos porque no conocían a Dios”.

Finalmente una postrera plegaria, ¡Oh glorioso San José! Existe en nuestra vida un momento supremo, momento decisivo para toda la eternidad: el momento de la muerte. Sin embargo de eso, al examinarnos, nos sentimos con menos inquietudes, sabiendo que la divina bondad lo ha hecho uno de los principales objetos de tu soberano poder. Has sido investido de misericordioso cuidado para facilitar al cristiano que espera de ti, la ayuda para la eternidad. A ti, oh José, nos debemos dirigir para alcanzar una buena muerte. Esta prerrogativa debía reservársete a ti, cuya muerte feliz, entre los brazos de Jesús y de María, fué la admiración del cielo y uno de los más sublimes espectáculos que ha ofrecido la tierra. Sé, pues, nuestro recurso, oh José, en este solemne y último instante de la vida terrena. Confiamos en María, a la que rogamos cada día, que nos sea propicia en la hora de nuestra partida; mas sabemos que María se alegra de la confianza que nosotros tenemos en ti y que, donde estás tú, ella también se digna estar igualmente. Fortalecidos por la esperanza de tu paternal bondad, oh José, esperamos tranquilos la hora decisiva, porque sabemos que, si somos fieles en pedírtela, tu ayuda nos está asegurada.