martes, 26 de julio de 2022

Consideración sobre Santa Ana por el obispo Challoner, 1807

 



Consideremos primero, que lo que nos da la idea más alta de la santidad supereminente de Santa Ana, y de su bendito esposo San Joaquín, es que fueron elegidos por los decretos del cielo para ser los padres de aquella Virgen Inmaculada que había de dar a luz al Salvador del mundo, y ser la madre de Dios. ¡Oh, qué gracia no recibieron para capacitarlos para dar esta virgen esposa al Espíritu de Dios, y esta virgen madre al Hijo de Dios! ¡Qué santa, qué celestial educación no dieron a su bendita niña! ¡Cuán perfectamente cumplieron con ello aquella sentencia de su divino nieto, de que 'el árbol se conoce por su fruto!' ¡Qué reverencia, qué estima, qué cariño, qué devoción no debemos a esta bendita pareja! Todo el tiempo los hijos de Cristo siempre han amado a Su madre y la han considerado como su madre; ¡Cómo, entonces, podemos hacer otra cosa que amar también a estos dos grandes santos a quienes estamos en deuda por tal madre!




Consideremos en segundo lugar, de la lección o epístola que se lee en la fiesta de Santa Ana, (de Prov. xxxi.), las propiedades de una mujer valiente, es decir, de una mujer sabia y virtuosa, como todas perfectamente de acuerdo en esto gran santa: particularmente su perpetua atención a hacer el bien, y no el mal, todos los días de su vida; su incansable laboriosidad en adquirir las riquezas espirituales de todas las virtudes y acumular un tesoro para la eternidad; su diligencia en el ejercicio de las obras de misericordia y caridad, etc. 'Fuerza y ​​hermosura son su vestidura', dice el sabio, hablando de su interior, 'y ella reirá en el último día:' incluso en aquel día en que los necios admiradores de las vanidades mundanas estarán todos tristes y afligidos. 'Ha abierto su boca a la sabiduría, y la ley de la clemencia está en su lengua:' por ser siempre prudente en sus palabras, y caritativamente compasiva en excusar los defectos de sus prójimos. 'Ha mirado bien los caminos de su casa, y no ha comido su pan ociosamente:' por una aplicación seria para mantenerse siempre bien ocupada, y para ver que todos bajo su cargo estén ordenados. Así era Santa Ana, así deberían ser todas las ama de casas cristianas: de éstas añade el Espíritu de Dios, en la conclusión del capítulo: 'Engañosa es la gracia, y vana la hermosura:' la mujer que teme al Señor, ella será alabado. Dadle del fruto de sus manos, y alábenla en las puertas sus obras. Sí, el Señor mismo le dará la recompensa eterna del fruto de sus manos y las puertas de la Sión celestial resonarán con sus alabanzas para siempre.


Considere en tercer lugar, del evangelio de este día, ese excelente tesoro que encontró Santa Ana y lo hizo suyo, renunciando a todas las demás cosas para comprarlo para sí misma. 'El reino de los cielos', dice nuestro Señor, Mat. XIII. 44, 'es semejante a un tesoro escondido en un campo, que cuando un hombre lo encuentra, lo esconde, y de gozo va y vende todo lo que tiene, y compra ese campo'. El reino de los cielos, en este y otros pasajes del evangelio, se entiende del reino de Dios dentro de nosotros, por su gracia en el alma; ese reino por el cual vive y reina en nuestro interior, por la fe, la esperanza y el amor, y el espíritu de recogimiento y oración. Ahora bien, este reino de Dios en nuestras almas es un tesoro en verdad, de valor infinito, que nos enriquece por la posesión de Dios mismo, aquí por gracia y en el más allá en gloria. Este tesoro está escondido de los hijos del mundo, que desconocen su valor, y tienen una idea muy mezquina de la felicidad de una vida espiritual e interior; pero los hijos de Dios, cuyos ojos están abiertos a la verdad, descubren este tesoro inestimable: y no escatiman esfuerzos ni gastos para hacerlo suyo; incluso venden todo lo que tienen para comprarlo; esto es, abandonan sus humores, sus pasiones, sus afectos mundanos, sus inclinaciones sensuales, su propia voluntad y todo lo demás que se opone a tan grande felicidad; y así ellos mismos se convierten en el reino de Dios. Así comienzan a disfrutar de un cielo en la tierra.




Termina de buscar primero el reino de Dios en tu alma, sobre todas las cosas, y todas las demás te serán añadidas: también te será reembolsado, con ventaja infinita, lo que hayas dilatado en la compra de él; y todas las cosas buenas vendrán a ti junto con él.

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